Hay lugares que se recuerdan por un paisaje. Otros, por un olor o un sabor. Tamegroute se queda en la memoria por un color.

No es un verde cualquiera. No tiene la insolencia de los bosques húmedos ni la perfección de las esmeraldas. Es un verde irregular, profundo, a veces apagado, otras brillante, y, a menudo incluso es más ocre que verde. Como si cada pieza única hubiera encontrado su propio modo de reflejar la luz del desierto. Un color que parece antiguo incluso cuando acaba de salir del horno.

En el sur de Marruecos, en el valle del Draa muy cerca de Zagora y de la árida y seca puerta del Sáhara, se encuentra Tamegroute. Antaño fue parada y fonda de las caravanas que recorrían la antigua ruta hacia Tombuctú, y un importante centro religioso sufí famoso en la región por su biblioteca con miles de manuscritos, la más grande de Africa. Hoy, cosas de la globalización nos es más familiar por su cerámica.

Aquí la vida siempre ha tenido que dialogar con la escasez. Quizá por eso nada parece superfluo. Tampoco la cerámica. Antes de convertirse en objeto de deseo para viajeros y decoradores, fue una respuesta sencilla a las necesidades de cada día: guardar agua, cocinar, servir el pan, conservar el aceite. Objetos hechos para durar, no para impresionar.

Y, sin embargo, terminan haciéndolo.

Porque la cerámica de Tamegroute tiene esa rara cualidad de las cosas que no intentan ser bellas y acaban siéndolo de una manera inevitable. La belleza de la imperfección que, curiosamente es lo que resulta tan atractivo en esta cerámica tradicional.

Acostumbrados a la producción industrial, esperamos que dos platos sean idénticos. Que el borde sea perfectamente redondo. Que el esmalte cubra cada milímetro con exactitud. Revisamos y comprobamos con ojo de perista que nada empañe esa perfección antes de comprar. Pero en Tamegroute ocurre justo lo contrario.

Una fuente puede inclinarse apenas unos milímetros. Un cuenco puede presentar pequeñas grietas superficiales. El esmalte cambia de tono según el lugar que ocupó dentro del horno. Hay manchas ocres, sombras oscuras, zonas donde el verde se vuelve casi miel. Nada de eso se considera un defecto. Es la huella del proceso.  Cada pieza conserva la memoria del fuego, de la tierra y de la mano que la modeló. Y esa memoria nunca se repite dos veces.

Quizá por eso resulta tan fácil establecer una relación casi afectiva con estos objetos. No parecen salir de una fábrica. Parecen haber vivido antes de llegar a nuestras manos.

Un oficio que todavía se toma su tiempo

Entrar en uno de los talleres de Tamegroute es descubrir que todavía existen lugares donde el tiempo avanza a otra velocidad. Aquí unas pocas familias perpetúan este saber ancestral que dicen llegó desde Fez en el s.XVII.

El barro se amasa despacio. La tierra y el agua que se utilizan para elaborar las piezas provienen del valle situado a pocos minutos a pie. La leña, que también se usa para cocinar, proviene de los restos de los troncos y las hojas de las palmeras datileras.

Las piezas giran sobre tornos sencillos. La arcilla se trabaja y amasa con las manos y los pies. Una vez moldeadas se dejan secar al aire, al sol. Después llega el esmalte, preparado con recetas transmitidas entre generaciones, y finalmente el horneado, que decide el resultado definitivo con esa mezcla de técnica y azar que ningún artesano intenta controlar del todo.

Hay una confianza sin fisuras en el proceso repetido por las familias durante generaciones.

Nadie parece tener prisa por terminar la pieza siguiente mientras la anterior aún no ha encontrado su momento. También aquí “la prisa mata”. Y también aquí, como todos se encargan de recordarnos, “nosotros tenemos el reloj, pero ellos tienen el tiempo”.

Quizá sea eso lo que más sorprende al visitante: comprobar que, en un mundo obsesionado con acelerar, todavía existen oficios que necesitan esperar.

Y que esa espera también forma parte de la obra.

El misterio del verde

Al igual que del azul de Majorelle, mucho se ha escrito sobre el famoso verde de Tamegroute. Sobre sus minerales, sobre las proporciones del esmalte, sobre las diferentes temperaturas del horno. De nuevo intentamos entender la fórmula, el secreto, la alquimia.Pero, cuando uno lo tiene delante, todas esas explicaciones resultan insuficientes. Porque ese verde cambia constantemente.

A primera hora de la mañana parece suave y mate. Bajo el sol del mediodía adquiere una intensidad inesperada. Al caer la tarde aparecen reflejos dorados que hacen que la pieza parezca distinta.

Quizá por eso sigue fascinando tanto el secreto de ese verde imposible.

A menudo se dice que el color de Tamegroute es un secreto, y en cierto modo lo es.

Cada familia guarda con celo las proporciones exactas del esmalte, pero sí se conocen algunos de sus ingredientes. La mezcla incorpora principalmente cobre, manganeso y sílice, minerales que, al reaccionar en hornos tradicionales alimentados con leña y hojas de palmera, dan lugar a ese verde cambiante que oscila entre el oliva, el esmeralda y los tonos casi ocres. No es una pintura aplicada sobre el barro, sino el resultado de una pequeña alquimia en la que también intervienen el tipo de arcilla, la temperatura y hasta el lugar que ocupa cada pieza dentro del horno. Por eso no existen dos iguales.

Objetos con biografía

Hay cerámicas que parecen recién nacidas, aunque tengan décadas.

Las de Tamegroute, en cambio, nacen con una cierta sensación de antigüedad. Como si hubieran heredado el paso del tiempo antes incluso de salir del horno.

Una jarra nos recuerda a las que han servido té durante generaciones. Una lámpara parece destinada a iluminar un patio al anochecer. Un gran plato vacío ya sugiere reuniones familiares que todavía no han ocurrido.

Son objetos que invitan a imaginar historias. Y quizá esa sea una de las razones por las que son tan preciados lejos de Marruecos. En una casa contemporánea aportan algo difícil de comprar: la sensación de que las cosas tienen origen.

La imperfección como lujo

Durante mucho tiempo asociamos el lujo con el brillo, la simetría y la exclusividad.

Hoy empieza a significar otra cosa.

El verdadero lujo puede ser saber quién hizo un objeto. Que conserve las pequeñas marcas de los dedos que lo moldearon. Que el esmalte no sea exactamente igual al de ninguna otra pieza del mundo.

La cerámica de Tamegroute pertenece a esa categoría de objetos que no necesitan explicar su valor. Basta observarlos unos segundos.

No buscan llamar la atención. La sostienen.

Llevarse un trozo del desierto

Quien visita el sur de Marruecos suele regresar con arena en los zapatos y cientos de fotografías del desierto.

Pero, con el paso del tiempo, muchas de esas imágenes terminan olvidadas en un disco duro.

La cerámica permanece.

Un cuenco sobre la mesa. Una jarra junto a unas ramas secas. Un plato que aparece cada vez que hay invitados.

Sin proponérselo, esos objetos siguen contando una historia. La de un pequeño pueblo donde el barro, el fuego y el tiempo llevan siglos entendiéndose.

Una historia que no necesita ser perfecta para resultar inolvidable. De hecho, probablemente lo sea precisamente porque nunca lo ha intentado.

Si no llegas hasta Tamegroute

Siendo algo más prácticos, es verdad que no hace falta recorrer la carretera que conduce al desierto para encontrar estas piezas. En Marrakech, muchas tiendas de la medina y del barrio de Sidi Ghanem trabajan con cerámica de Tamegroute, y es fácil regresar a casa con un cuenco, una lámpara o una fuente envuelta entre la ropa de la maleta. Eso sí, conviene mirar con calma. Como ocurre con tantos objetos que alcanzan cierta fama, también existen imitaciones que reproducen el color, pero no el proceso ni el carácter de las piezas originales.

Cómo reconocer una pieza auténtica

La mejor pista es, precisamente, aquello que durante años nos enseñaron a evitar: la imperfección.

Una pieza auténtica nunca es completamente uniforme. El esmalte cambia de intensidad, aparecen pequeñas gotas o acumulaciones de color, los bordes pueden ser ligeramente irregulares y es habitual encontrar tres pequeñas marcas en la base o en el interior, dejadas por los soportes de barro que separan las piezas dentro del horno durante la cocción. Son detalles que hablan del fuego y de un proceso artesanal que sigue siendo prácticamente el mismo desde hace siglos.

Hay quien vuelve de Marruecos con una alfombra. Otros con una tetera. Otros con multitud de especias que luego no saben utilizar.  La cerámica de Tamegroute tiene otra virtud: no necesita ocupar un lugar protagonista para recordarte el viaje. Basta con servir una ensalada en un cuenco verde o dejar unas naranjas sobre un plato irregular para que, durante un instante, vuelva ese sol del sur de Marruecos que parecía convertir el barro en luz.